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Thursday 27th of April 2017
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Donald Trump: Wahabismo, Sionismo y el Islam

Cómo evitar esta conducta que según Trump los musulmanes sienten contra Estados Unidos? Las medidas parecen ser simples en el razonamiento blanco y negro que mueve al magnate devenido presidente: estrechamiento de la vigilancia de la comunidad musulmana en Estados Unidos – que se calcula en cerca de 7 millones de habitantes – como también el restringir la entrada de creyentes de esta confesión religiosa, declarado en plena campaña presidencial. Esto, a propósito de la matanza de San Bernardino en California – en diciembre del año 2015 - donde los atacantes dieron muerte a 14 personas supuestamente bajo la inspiración de la doctrina takfirí propagada por EIIL – Daesh en árabe – que se sumó a los atentados de París en Noviembre del año 2015, que permitió al otrora candidato Donald Trump afirmar que “debemos bloquear completa y totalmente la entrada de musulmanes en Estados Unidos porque son personas que odian a la población de nuestro país en actos más allá de lo comprensible y que se instaure hasta que las autoridades averigüen qué está pasando”.

La ignorancia como acervo político

Para Trump el tomar este tipo de decisiones, según su particular visión del mundo y de las culturas diversas a la suya, en un tema de seguridad nacional: “no tenemos elección, no tenemos elección. Podemos ser políticamente correctos o podemos ser estúpidos, pero será peor y peor. Hasta que lleguemos a entender el problema y las amenazas que plantea, nuestro país no puede ser víctima de ataques horrendos de gente que sólo cree en la Yihad”. Un modo de ver al otro demonizándolos, metiéndolos a todos en un mismo saco. Sin siquiera hacer distinciones mínimas, como por ejemplo la diversidad de contextos y marcos históricos, migratorios y orígenes de las poblaciones musulmanas según sea que miremos Europa o Estados Unidos (1). Esto, en cualquier parte del mundo es simple oscurantismo, ignorancia supina, peligrosa y mortal para las relaciones entre los pueblos.

A pesar de las críticas por estos comentarios, incluso por miembros de su propio partido, el polémico presidente electo norteamericano llamó a estudiar la posibilidad, incluso, de cerrar las Mezquitas. Hoy, ya electo como líder político de una potencia de las características de Estados Unidos, Trump y su equipo borraron de su página web, cuando ya los resultados lo mostraban como triunfador, todo lo referente a los insultos contra los musulmanes – en una práctica habitual cuando sus dichos han generado polémicas –. Hoy, en su página web, en la sección referida a “Política Exterior y derrota del Estado islámico” es posible leer que “es necesario suspender de forma temporal, la inmigración desde algunas de las regiones más peligrosas y volátiles del planeta, que tienen un historial de exportación del terrorismo”.

La concepción actual del Islam, en el seno de la sociedad estadounidense, tuvo un punto de inflexión con los atentados del 11 de septiembre del año 2001. Acto terrorista que constituye, sin duda, un elemento primordial de análisis de la visión que se tiene y que se ha transmitido profusamente del mundo del Islam en el contexto de la globalización, los estereotipos y las políticas de discriminación. Conductas acompañadas de una profunda ignorancia sobre las comunidades musulmanas que viven, tanto en Europa como en Estados Unidos, donde se suelen vincular los hechos internacionales que involucran a países musulmanes, sea en el Magreb, Oriente Medio y Asia Central con las inquietudes más locales: como es el temor a la diversidad, la xenofobia, el temor, el resurgimiento y desarrollo de posturas racistas, ultranacionalistas y que suelen ver el enemigo en todos aquellos que supuestamente no comparten el “ser europeo o ser Estadounidense”.

Trump juega con los temores atávicos de la sociedad estadounidense blanca y de los sectores ultraderechistas y seguirá haciéndolo como parte de su estilo de gobierno, mostrando desconocimiento y prejuicios. Elemento irracional en un país formado, precisamente, por la conjunción de millones de inmigrantes de los más diversos orígenes y religiones, que sin embargo, sobre todo en los últimos años ha intensificado – por parte de su población blanca menos instruida y habitantes de zonas del medio este estadounidense, una clase obrera pauperizada y sectores desencantados con el establishment político, una postura de fuerte discriminación contra la inmigración hispana, el mundo musulmán y su propia población negra. Contradictorio con un Trump con abuelos inmigrantes de origen alemán, una madre escocesa, una primera esposa Checa y su última mujer de origen esloveno.


En el caso específico de los musulmanes estadounidenses, los propios medios de comunicación de ese país han señalado que se suele mirar, a esa comunidad, con prejuicios y estereotipos sin dar cuenta de varios puntos, que permitirían entender de mejor forma a este grupo y así analizar con ojo clínico los llamados de Trump, más basados en la rusticidad de un hombre de negocios, que un político o un ser humano con amplitud de criterio, que le permita avanzar en el conocimiento de esta población y de su cultura: Primero representan un porcentaje minoritario de la población estadounidense, un 1,7% de la población para llegar al 2,1% el año 2050. Tiene niveles de ingreso y educación más altos que el promedio estadounidense. Las mujeres musulmanas tienen más grados universitarios que los hombres musulmanes. Los musulmanes han existido en Estados Unidos aún antes de la proclamación de la independencia de este país. Un tercio de todos los africanos que fueron llevados como esclavos al país del norte eran musulmanes – gran parte de ellos obligados a convertirse al cristianismo – la comunidad musulmana se reparte por todo el territorio estadounidense y participan activamente de la vida política y social de ese país.

El Wahabismo y su sociedad con Estados Unidos

Importa bien poco, en ese análisis primario y esas conductas primitivas impulsadas por Trump y sus seguidores, los estudios y razonamientos más profundos, que dan cuenta del desarrollo de políticas de intervención en el plano económico, político y militar de Washington y sus aliados en la consolidación de regímenes corruptos en el seno de países musulmanes, pero aliados de occidente como es el caso de la Monarquía Saudí y las Monarquías Ribereñas del Golfo Pérsico. O el apoyo al surgimiento, desarrollo y acción de movimientos terroristas de raíz takfirí, que tendrán su aparición global desde los tiempos de la invasión de la ex Unión Soviética a Afganistán hasta el surgimiento de Al Qaeda, EIIL – Daesh en árabe– Fath al Sham – ex Frente al Nusra – Boko Haram, Ahrar al Sham, Ansar al Dine entre otros, donde el papel de Arabia Saudita – socio relevante de Estados Unidos – ha sido fundamental para mostrar ante el mundo una cara del Islam que no es el que profesan 1.600 millones de fieles y cuya expresión más certera del Istam Verdadero se ha dado estos días en Arbain, la conmemoración que reúne a más de 20 millones de creyentes en el santuario de la ciudad de Karbalá, en el sur de Irak.

Ese no es tema para Trump y no lo será, pues dejaría la descubierto la doble moral de condenar al Islam – una religión claramente de paz - y al mismo tiempo tener relaciones con un hijo putativo totalitario, agresor e impulsor de movimientos de fanáticos, que han efectuado actos terroristas en el propio suelo estadounidense bajo el manto ideológico y financiero del Wahabismo. Un credo que representa una distorsión, una falsa visión e interpretación del Islam. “Una herejía cismática que los sabios musulmanes, como también los intelectuales laicos designan con el término dajjal” -concepto que en la terminología árabe significa falso, mentiroso o impostor-. Y justamente eso pretende la ideología wahabita: subvertir el Islam y convertirlo en un instrumento de predominio y opresión, sobre todo regional en concomitancia con poderes hegemónicos como el estadounidense, Francia e Inglaterra fundamentalmente, contando incluso con la alianza del sionismo, que en aras de dividir y fragmentar al Islam genera relaciones con la Casa al Saud y apoya toda causa que signifique perjudicar a la Umma – la comunidad de creyentes del Islam-.

El día 13 de septiembre de 2016, el canciller de la República Islámica de Irán, Mohamad Yavad Zarif, publicó un artículo de opinión, en uno de los diarios más influyentes del mundo occidental: The New York Times. En dicho artículo, titulado “Let Us Rid the World of Wahhabism” “Libremos al mundo del Wahabismo” el diplomático persa detalla minuciosamente la necesidad de oponerse a una doctrina político-religiosa, que causa enorme daño, no sólo al nombre del islam, sino a un conjunto de creencias y la propia necesidad de relaciones internacionales basadas en el respeto a la autodeterminación y los derechos humanos. El titular de exteriores de la nación persa consigna en dicha publicación, que desde el ataque terrorista a Estados Unidos y que afectó símbolos económicos y militares de esa nación, junto a la muerte de 3 mil personas, la doctrina del Wahabismo se ha sometido a una serie de “cirugías faciales” pero que no le quitan el rostro de ser la ideología de los grupos terroristas, que actúan bajo diversos nombres y en esa conducta sea con Bush, Obama y ahora con Donald Trump seguirá actuando en perjuicio de un mundo que desconoce y teme en la misma magnitud.

En aquella interesante misiva, Zarif invita a trabajar, coordinadamente, para librar al mundo de una doctrina rigorista, convertida en una caricatura del Islam como es el takfirismo, que suele ser el mejor apoyo a la intolerancia y al pensamiento de aquellos sectores en Europa y Estados Unidos, que hablan irracionalmente que el mundo se enfrenta a un choque de civilizaciones. Teoría surgida en el seno ideológico estadounidense, interesada y proclive a justificar la política de hegemonía y agresión que occidente suele llevar contra los pueblos del mundo. En ese marco, la casa real saudí y sobre todo el círculo de hierro que tiene el poder – el denominado Clan Sudairi (2) -justifican y se justifican en función de esas ideas erradas, devenidas en un simple pero peligroso pretexto, para justificar el dominio de unos sobre otros y que ha servido para que la Monarquía wahabita incremente sus acciones de represión interna y agresiones externas, con el aval de occidente.

Es ese concepto y esa práctica proveniente de la Monarquía wahabita la que Trump tiene en su acervo cultural. Un Trump que toma esa visión como parte integrante de un mundo que es infinitamente más rico que esa distorsión de una creencia, que acoge en su seno al 25% de la población mundial. Un error gigantesco, pero lógico en la ignorancia y la complicidad que Estados Unidos tiene con la Casa al Saud y que genera un enorme daño a mil seiscientos millones de musulmanes en países repartidos en los cinco continentes. En un interesante trabajo de Jean Michel Vernochet titulado “Los Descarriados ¿El Wahabismo es contrario al islam?”, este intelectual francés nos da a conocer la estrecha relación entre ese wahabismo con el capitalismo e incluso el sionismo. Un Wahabismo con intenciones de convertirse en una religión global, que trata de imponerse en todas las naciones y en todos los pueblos sean estos cristianos o musulmanes, “una religión destinada a reemplazar a todas las demás y que podríamos designar con toda razón como el “monoteísmo del mercado”.

Y en ese plano, sostiene Vernochet, en una interesante hipótesis, “el wahabismo cohabita perfectamente con el anarco-capitalismo. El aparente puritanismo salafista pretende sustituir el islam tradicional y para ello es justificable la represión, la exclusión y el asesinato de todo aquel que no se someta integralmente a una misma e inexorable interpretación de la Sharia…exactamente igual que la democracia universal y supuestamente humanitaria que Estados Unidos pretende imponer por la fuerza de las armas en los cuatro puntos cardinales del planeta. La gran América ve su destino manifiesto como un derecho ilimitado a matar a todos los que se muestran reticentes a entrar por voluntad propia en la matriz democrático judeo-protestante made in América”.

Esa relación conceptual y práctica, gestada entre Washington y Riad desde la fundación misma del reino Wahabita el año 1932, con la unión de los reinos del Hiyaz y del Nechd, se ha consolidado con los años a pesar de diferencias coyunturales. De tal forma que de los 19 involucrados en los atentados del 2001 en Estados Unidos, quince de ellos eran de origen saudí, sin que esa situación haya tensionado en extremo las cordiales y cómplices relaciones entre Washington y Riad. No sucedió con George W. Bush ni tampoco en las de Barack Obama y no se vislumbra algún cambio bajo el mandato de Donald Trump. La alianza Washington-Riad son tan estrechas, las deudas monetarias, políticas y los hechos de complicidad criminal tan profundos, que difícilmente Trump, con todo el odio profesado al mundo musulmán, podrá intervenir en un eventual rompimiento de relaciones con el wahabismo.

Con Donald Trump en la Casa Blanca, a la par de las medidas contra la inmigración, la continuación de la construcción del muro fronterizo con México, la posible deportación de 3 millones de inmigrantes – según cifras entregadas por el propio Trump, – la limitación de la entrada de musulmanes al país, se sumará lo que este magnate devenido mandatario esbozó en una entrevista dada al programa CBS Face de Nation: “la necesidad de etiquetar a los musulmanes como una manera de prevenir el terrorismo. Debemos considerar la elaboración de perfiles raciales – el denominado profiling - como parte de la labor policial y de los investigadores. En tiempos de terrorismo internacional es cuestión de escoger el sentido común en lugar de lo políticamente correcto. Miren a Israel y a otros países, ellos lo hacen y tienen éxito. Como también establecer un control más estrecho de las Mezquitas. Si vas a Francia en este momento, ellos lo están haciendo. De hecho, en algunas instancias están cerrando las mezquitas”.

Esa será la política central de Trump con una cultura, con una comunidad que desconoce. Y, bien sabemos que la ignorancia genera temor, desprecio, toma de decisiones que están afectando el necesario vínculo con un grupo sometido a presiones que llegarán a ser insoportables. Medidas racistas, discriminatorias, criminales, que sirven de ejemplo y aliciente para que su socio sionista incremente su política criminal contra el pueblo palestino, pues sabe que la impunidad será el pan de cada día. ¿Por qué no seguir con los asentamientos en territorio palestino? ¿Por qué no limitar el llamado al rezo en las Mezquitas en Al Quds y todas las ciudades de la Ribera occidental? ¿Por qué no seguir demoliendo casas y asesinando a Palestinos’ ¿Por qué no, si Estados Unidos y sus socios de la OTAN, con su silencio cómplice permiten estos actos criminales? Con esa certeza el sionismo concreta su política colonialista, racista y criminal y será apoyado por un Trump que tiene una práctica y una retórica prosionista indudable.

Efectivamente, Trump se encargó, urbi et orbe, en la campaña presidencial para definir al candidato republicano, que su historia con el pueblo judío y la entidad sionista lo distinguían del resto del aglomerado campo republicano. “El único candidato – sostenía Trump - que dará un apoyo real a Israel soy yo. El resto son meras palabras, nada de acción. Son políticos. Yo he sido leal a Israel desde el día en que nací. Mi padre, Fred Trump, fue leal a Israel antes que yo. El único que dará a Israel el tipo de apoyo que necesita es Donald Trump”. En su núcleo familiar, su hija Ivanka tras el matrimonio con Jared Kushner se convirtió al judaísmo, cambiando su nombre por el de Jael. Así se ha estrechado aún más relaciones entre Trump y esta comunidad con fuerte influencia sobre los gobiernos norteamericanos.

Si la primera potencia mundial en materia económica, tecnológica y militar, bajo el mando de Trump ha decidió llevar adelante una guerra contra los inmigrantes, contra las culturas que no conoce, contra el mundo del Islam, sus aliados como el wahabismo podrá seguir agrediendo a Yemen, reprimiendo los afanes libertarios en Bahréin, podrá seguir financiando la guerra de agresión contra Siria e Irak. Si Trump ha señalado que revisará los acuerdos nucleares con Irán – aunque estos hayan sido firmados con otras cinco naciones – entonces dicen Tel Aviv y Riad por qué no intensificar las presiones contra Teherán, por qué no pensar en la posibilidad de atacarlo. Este tipo de razonamientos suele comenzar a desarrollarse, sobre todo cuando el ocupante de la Casa Blanca permite estas hipótesis irracionales y peligrosas, sin analizar en profundidad que las decisiones tienen su costo y en ese plano la República Islámica de Irán no es una presa que se deje amedrentar, es una potencia y con líneas rojas bien definidas y prontas a defender.

La propia Unión Europea, a través de la alta Representante Para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, la italiana Federica Mogherini aseguró que “Donald Trump no podrá dañar la implementación del acuerdo nuclear con Irán. No es un acuerdo bilateral entre Estados Unidos e Irán, sino un acuerdo multilateral, que hemos negociado todos. El Plan Integral de Acción Conjunta – JCPOA por sus siglas en inglés- se pactó en el marco de la normativa dada a conocer por la Organización de las Naciones Unidas”. A pesar de las palabras de Mogherini, existe poca certeza del cumplimiento de Washington de este compromiso internacional, toda vez que Trump ha reiterado que Washington se había humillado con ese acuerdo que convertirá a Irán en una potencia increíblemente poderosa y rica, además de una amenaza directa para Israel. Para la República Islámica de Irán, no hay nada que revisar y esa postura además de inaceptable es tremendamente peligrosa. El canciller de la nación persa tras conocerse la elección de Trump como mandatario solicitó a Washington que “entienda las realidades del mundo y respete el acuerdo nuclear con Irán”.

Igualmente, en el seno de la Conferencia Internacional sobre las Crisis Geopolíticas del Mundo islámico celebrada en Teherán, el canciller Zarif afirmó que Israel como principal problema que enfrenta el mundo musulmán, haciendo un llamado a los países islámicos a unirse ante ese régimen. “Los Estados musulmanes deben responder a las violaciones de los derechos del pueblo palestino por el régimen usurpador sionista y superar los obstáculos que dificultan una interacción constructiva”. Dificultades que, indudablemente, se acrecentarán con el apoyo explícito que Trump ha dado a la entidad sionista, lo que implica que aumentará la desestabilización de países islámicos creando cuestiones artificiales como las discordias entre las ramas del islam o incluso entre el mundo árabe y la nación persa.

Indudablemente, la entidad sionista tiene en Irán un adversario de temer, tanto como la Monarquía saudí, que considera a Irán su principal enemigo en la zona, desde el momento mismo del triunfo de la revolución iraní el año 1979. Antagonismo que cuenta con el concurso de dos socios principales: Estados Unidos e Israel. Esto pues, la Casa al Saud ha creado a lo largo de los últimos años con la entidad sionista y Washington una estrecha alianza política-militar destinada a impedir el desarrollo de una política de influencias de Irán o cualquier otra potencia, que no vaya de acuerdo a los objetivos hegemónicos de la triada Washington-Tel Aviv-Riad, que es hablar de capitalismo-wahabismo y Sionismo.

En ese plano de acción, difícil panorama es el que se presenta para el mundo y sobre todo para la Umma –la comunidad de creyentes del Islam– con un Donald Trump en la Casa Blanca, no muy distinto a lo que se ha estado viviendo en los últimos años. Por ello, resulta fundamental trabajar por modificar el papel que cumple Estados Unidos y Europa Occidental y sus socios, ya sea el Magreb en Oriente Medio y Asia Central, que puede ser un buen comienzo para resolver, por ejemplo, la ocupación que sufre el pueblo palestino a manos de la entidad sionista. Dejar de apoyar al régimen wahabita en su guerra de agresión contra Yemen y el sostén que esta Monarquía da a las bandas terroristas que atacan Siria e Irak. Conflictos que han alcanzado las costas de Libia en la idea de balcanizar a un país otrora ejemplo para el continente africano. Dura tarea la que hay que afrontar, junto a la rehabilitación de la condición cultural y civilizadora de la dimensión musulmana que tienen estas poblaciones, evitando con ello toda estigmatización.

El mundo del Islam tiene mucho trabajo, necesidad de protegerse, de ampliar sus vínculos, de enfrentar las amenazas a partir de sus fortalezas, sobre todo con este nuevo aire que el wahabismo, el sionismo y la ideología dominante en Estados Unidos han comenzado a respirar con el mandatario electo Donald Trump, que al menos en el plano discursivo hace tener un recrudecimiento de las acciones de ataque contra los musulmanes. Hoy, más que nunca 1.600 millones de musulmanes deben enfrentar una ofensiva de desprestigio y ataques que encabeza el mandatario estadounidense con sus vociferantes y peligrosos aliados wahabitas y sionistas.


Notas

    Para Valérie Amiraux en el estudio denominado “Musulmanes en Estados Unidos y Europa” el perfil sociodemográfico de las poblaciones musulmanas en Europa es distinto al norteamericano donde este último grupo – los American Muslim - es más calificado y proviene, preferentemente de oriente medio, Sureste Asiático y África. En Estados Unidos el 68% de los musulmanes es de primera generación y el 7% de la segunda. Allí el islam se ha convertido, como en Europa, en una cuestión postmigratoria, pero siempre engarzada en la problemática del racismo, la discriminación y las desigualdades…globalmente sí, tanto europeos como estadounidenses comparten una representación más bien negativa del islam – como religión, cultura – y una gran ignorancia de lo que es el Islam.

    El nombre de Clan Sudairi se utiliza, comúnmente, para denominar la alianza de siete hermanos de plenos derechos y sus descendientes dentro de la familia real de Arabia Saudí, hijos de Hassa al Sudairi, esposa favorita del fundador de la dinastía; Abdulaziz bin Saud. En el siglo XX, Abdulaziz Ibn Saud expandió rápidamente su base de poder en el Nejd, para establecer el Reino de Arabia Saudí el año 1932 convirtiéndose en su primer rey. Como parte de este proceso de expansión, se casó con mujeres de familias árabes poderosas, para consolidar así su control sobre todas las partes de su nuevo dominio. Uno de estos matrimonios fue con la princesa Hassa bin Ahmad bin Muhammad Al Sudairi, miembro de la familia Al Sudairi, una de las más poderosas del Reino de Nejd con quien tuvo siete hijos varones: Fahd, Sultan, Nayef, Abdulk Rahman, Turki, Salman y Ahmed. Además de cuatro hijas: Lulua, Latifa, Aljawhara y Jawaher

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de la Agencia Noticiosa ABNA24 ni de la Asamblea Mundial de Ahlul Bait (P).

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